Friday, February 28, 2014

CUANDO EMPIEZO A ODIAR LA PESADEZ DE LA PALABRA ARQUITECTURA


Cuando empiezo a odiar la pesadez de la palabra arquitectura que me golpea como si fuese un mármol del pentélico me freno e imagino la arquitectura que me hace soñar, la arquitectura a la que me gusta abrazar. Me doy cuenta de que hay una arquitectura en la que creo. Es la arquitectura que nace del impulso de crear un mundo mejor, un mundo más justo, más igualitario. Es la arquitectura que busca hacer que las personas florezcan en ella, la arquitectura que busca ser perfecta desde dentro para afuera y no al contrario.
Cuando empiezo a odiar la pesadez de la palabra arquitectura me imagino un edificio bien atractivo. Me imagino que es como una persona. Me doy cuenta de que la fachada es lo que llama la atención y está bien trabajar en ella pero que la sección esconde los mejores secretos y es la parte más interesante de descubrir.
Cuando empiezo a odiar la pesadez de la palabra arquitectura me imagino a Oscar Niemeyer trazando una curva con su mano que me tranquiliza o a Lina Bo Bardi coloreando y sonriendo al hormigón, a veces incluso imagino a Le Corbusier escribiendo poesía con tinta china.
Cuando empiezo a odiar la pesadez de la palabra arquitectura me imagino una cabaña o una tienda de campaña. Me agarro a los orígenes de ésta y a su idea de cobijo. Amo la arquitectura pequeña, la que nos hace asemejarnos a los pájaros, la que es como un nido. La que nos hace volar.
Cuando empiezo a odiar la pesadez de la palabra arquitectura me agarro a su parte más poética, a esa parte que busca crear sorpresa sin  crear susto. A esa idea de escultura viva, de escultura  habitable que busca jugar con la luz y la convierte en su mejor amiga.
Cuando empiezo a odiar la pesadez de la palabra arquitectura que me golpea como si fuese un mármol del pentélico me freno e imagino la arquitectura que me hace soñar, la arquitectura a la que me gusta abrazar.


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